“Mi hijo no quiere ir al colegio."

Empezó marzo y como es habitual muchas personas me cuentan que su hijo no quiere ir al colegio, y me escriben preguntándome un tanto desesperados cómo convencerlos de ir.

 

No debemos partir preguntándonos cómo logramos que vayan a pesar de que no quieran. El camino del autoritarismo quizás logrará que vayan, pero sin motivación no rendirán en el colegio y terminarán odiándolo y quizás incluso odiándonos.

 

Lo primero es preguntarnos por qué no quieren ir al colegio. Si les preguntamos –algo que no siempre hacen los papás– lo más probable es que les respondan que no les gusta. Este es sólo el punto de partida. Hay que seguir preguntando, con cariño y respeto, sobre por qué no les gusta. Intentar ver si es algo real que está pasando o más bien una expectativa de algo malo que pudiese ocurrir, si es sobre el colegio en particular o cualquier colegio, y un largo etcétera.

 

Si les es difícil empatizar con las preocupaciones y malestar de sus hijos en relación al colegio, los invito a pensar en la rutina escolar versus nuestra vida laboral. En la vida escolar todos los días se ve algo nuevo, evaluándose habilidades nuevas que deben ser adquiridas constantemente. En la mayoría de los trabajos, por el contrario, el día a día es bastante más parejo, y se nos evalúa sobre habilidades que ya hemos adquirido. Imagínense si les cambiaran de jefe varias veces durante el día, y que después de un año la mayoría sean completamente nuevos para ustedes. A muchos adultos un jefe nuevo los angustia, piensen en cómo puede sentirse un niño, que está en una posición mucho más asimétrica con su profesor.

 

Con todo esto sobre la mesa, no es difícil imaginarse por qué un niño puede sentir ansiedad de ir al colegio. Si la alternativa es quedarse en la casa, el lugar seguro para él, donde muchas veces están las cosas que lo entretienen, la verdadera pregunta es por qué un niño querría ir al colegio.

 

Cuando un niño o adolescente no quiere ir al colegio, entonces, por lo general no se trata de una fobia escolar o una depresión, sino de algo más sencillo. No tiene motivación para ello.

 

En la mayoría de los casos, los papás tratan de motivarlos diciéndoles que tienen que estudiar para ir a la universidad el día de mañana… pero si no tienen motivación para estudiar en el colegio, ¿por qué habría de motivarlos un futuro en el cual tendrán que seguir estudiando?

 

¿Qué hacer entonces? La clave, como para la gran mayoría de los problemas con la motivación, es el sentido. Debemos ayudar a los niños y adolescentes a encontrarle un sentido a ir al colegio, como un medio para conseguir aquello que empieza a proyectarse como el sentido de su vida.

 

Para un niño de básica el sentido no está, en la mayoría de los casos, en su ingreso a la universidad. Está, por ejemplo, en los videojuegos, los dinosaurios o el fútbol. Es por ahí que los padres y educadores deben intentar plantear un sentido a lo visto en el colegio. Los padres pueden ayudar a sus hijos a relacionar las asignaturas con sus intereses, por ejemplo lo aprendido en historia con algún videojuego del período, en biología lo visto sobre los reptiles con los dinosaurios, o los ángulos en matemáticas con cómo tirar un buen corner.

 

Siguiendo en esta línea, debemos centrarnos en lo que va aprendiendo en el colegio —aspecto central de la experiencia educativa— y no en qué nota se sacó. Debemos dejar de preguntar “¿qué nota te sacaste?” todos los días, y empezar a preguntar “¿Qué aprendiste hoy?”

 

Como decía anteriormente, podemos ayudarlos entonces a relacionar lo que aprenderá con sus intereses, para que el día de mañana lo haga él por sí solo. Por ejemplo, cuando vea tipos de texto en Lenguaje, podemos ayudarlo a buscar textos de su interés para aplicar ahí lo aprendido.

 

Para un estudiante de educación media no sólo se aplica lo anterior, es decir, enlazar lo aprendido con sus intereses, sino también ahora sí es posible empezar a encontrar un sentido de asistir al colegio en pos de conseguir un objetivo futuro.

 

La pregunta al adolescente no debe ser “¿Qué quieres estudiar?” o “¿Qué quieres ser cuando grande?”, sino un paso previo: “¿Qué quieres hacer cuando grande?” Ayúdenlo a visualizar su día a día cuando tenga 25 años en adelante. ¿Qué le gustaría hacer todos los días? Ayúdenlo a soñar.

 

Voy a dar un ejemplo personal. ¿Por qué estudié psicología? Primero, desde pequeño sentía que lo que daba sentido a mi vida era ayudar. Así de amplio. Con esa respuesta el abanico de profesiones era amplio: medicina, veterinaria, psicología, etc. Pero muy pronto supe que no quería ayudar a las personas a través de la química, dando pastillas y cosas así, sino ayudándolos a ayudarse a sí mismos. Con eso prácticamente quedaba solamente psicología o pedagogía sobre la mesa.

 

Pensando en mi día a día ideal, me imaginaba manejando mis propios tiempos, no teniendo jefe, y pudiendo hacer lo que me parecía correcto según mis estudios y ética, y no siguiendo lineamientos de un ministerio o departamento externo. Pedagogía no parecía compatible con ello, a menos que fuera un tutor de un niño, cosa que no me parecía muy posible en la actualidad.

 

Así, incluso si odiaba una asignatura —incluso en la universidad— seguía estudiando motivado, sabiendo que era sólo un medio para llegar a lo que le daría sentido a mi vida… la vida que hoy estoy viviendo. Ayudar a la gente a ayudarse a sí mismos. A ser los héroes y heroínas de su propia historia.

 

Además del sentido como motivación, el contexto es muy importante. Al colegio no sólo se va a aprender contenidos, sino también para aprender cómo relacionarse en sociedad. Por lo mismo, es importante valorar que los niños sean amigos de sus compañeros, y que la interacción con ellos sea una de las razones para ir al colegio. En vez de preguntar solamente ¿qué aprendiste hoy? o ¿cómo te fue en la prueba?, también podemos preguntar cómo está algún compañero, si tiene alguna historia entretenida que contarnos del recreo, o algo similar.

Sobre todo en niños pequeños, si la razón que los motiva para ir al colegio es pasarlo bien en el recreo, no debemos retarlos por ello. Sólo significa que debemos intentar ayudarlos a encontrar un sentido para las horas de materia, y así que encuentren su motivación para estudiar.

 

Además del contexto escolar, debemos preguntarnos si en el hogar existe un ambiente que motive al estudio. Si el niño ve día tras día a sus papás llegar del trabajo a comer y ver televisión o pescar su celular, y nunca leer un libro, será difícil convencerlos de que estudiar es algo valioso para la vida.

 

Muchas veces los papás intentan propiciar un ambiente para el estudio comprando un lindo escritorio, o poniendo posters con información educativa en las paredes del dormitorio de sus hijos. Sin embargo, si la importancia del estudio sólo se confina a ese espacio, los niños no aprenderán implícitamente que el aprendizaje es parte de la vida y útil para su futuro. Para enseñarles eso pueden elegir algo como familia y aprenderlo todos juntos. Puede ser cualquier cosa: la edad media y los caballero, los autos (con la posibilidad de aprender a arreglar el de la familia), la música… lo importante es que les interese genuinamente, y entre todos puedan leer, ver documentales e ir a museos al respecto.

 

Permitan que el aprendizaje permee la vida de sus hijos, y no tendrán que preocuparse de motivarlos para estudiar.

 

Ellos ya lo estarán.

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Jorge Silva Rodighiero

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