Identidad y género
 

La gente me pregunta con frecuencia por qué me interesa el tema del género. La respuesta es simple: como psicólogo clínico, como psicoanalista, como psicoterapeuta y como ser humano, uno de mis principales propósitos en la vida es la reducción del sufrimiento innecesario.

Cientos de estudios muestran que las personas que “se identifican como trans o no conformes al género intentan suicidarse al menos una vez en la vida —el porcentaje de la población general es del 4,6%.” (Gherovici, 2017, p.20). La razón de este alamarte número de intentos de suicidio no es algo intrínseco a ellos, sino que está relacionado a su marginalización social, transfobia, y la falta de apoyo de sus padres.

Esta hipótesis se ve sustentada en tanto las investigaciones han encontrado que el apoyo social, la reducción en la transfobia, que se les permita cambiar sus documentos de identificación personal a una apropiada designación de su sexo, y de ser necesaria una transición médica con hormonas o cirugías, se asocian con una reducción importante en el riesgo suicidio. El apoyo de los padres en la identidad de género de sus hijos también se asocia con una reducción de la ideación suicida (Bauer, G., et al, 2015).

Es por esto que cualquier psicólogo preocupado por el bienestar de la población, o tan sólo en salvar vidas, debiese trabajar en la prevención del acoso a las personas trans y en promover que reciban el apoyo que necesitan. Esto incluye abolir la conceptualización de la identidad transgénero como un trastorno o enfermedad mental por décadas, la que ha contribuido a un estado legal precario, violaciones de sus derechos humanos, y barreras en el acceso a un apropiado sistema de salud (Robles, R., et al, 2016).

Pero si la identidad transgénero no es un desorden mental, ¿qué es?

 

Patricia Gherovici, Ph.D. es una psicoanalista lacaniana como yo, y ha defendido una despatologización de la experiencia trans y prefiere pensarla en términos de sinthome, un concepto lacaniano que refiere a “algo que te puede permitir existir en el mundo —en otras palabras, tu estrategia creativa e idiosincrática de supervivencia. En este sentido, el tránsito entre los géneros puede ser un síntoma creativo, una forma de hacer la vida vivible” (Gherovic, 2017, p.23)

Yo iría un paso más allá. Pienso que cualquier identidad calza con esta descripción. De hecho, creo que el género es una herramienta útil para vivir en el mundo, un heurístico pragmático que entrega información a otros —y a mí mismo— sobre quién soy. Como cualquier fenómeno psicológico, tiene partes inconscientes (nadie decide o escoge conscientemente su género) y un lado consciente (cómo lo siento y cómo lo expreso).

En nuestra sociedad, el género está asociado a diferencias anatómicas, pero esta es una definición arbitraria y no es la única posible. La definición de matrimonio solía ser un contracto establecido exclusivamente entre un hombre y una mujer, pero alrededor del mundo esa definición ha cambiado. El lenguaje es un organismo vivo en su diacronicidad, y no debiésemos permitir que letras muertas en un diccionario nos gobiernen. Como Elizabeth Grosz (1994) sostiene “la imagen corporal no puede igualarse simple e inequívocamente con las sensaciones provistas por el cuerpo puramente anatómico. La imagen corporal es una función de la psicología del sujeto y de su contexto sociohistórico tanto como de su anatomía” (p.79).

La identidad nos ayuda a sentirnos estables, y por lo mismo reduce ansiedad. El género es un aspecto de nuestra identidad que sirve al mismo propósito. Creo que algunas personas se oponen a los derechos de los hombres trans de llamarse a sí mismos hombres y de las mujeres trans de llamarse mujeres porque se ven afectados por algo que las personas trans les muestran: que la definición de género que han usado toda su vida —y por tanto algo con lo cual le han dado sentido al mundo y a sí mismos por un largo tiempo— es arbitraria y puede cambiar.

 

La gente se resiste al cambio; es comprensible, pero no podemos aliviar esa resistencia pagando con la vida de otras personas. Necesitamos tener un dialogo que aumente nuestro nivel de entendimiento no sólo de las identidades trans pero también de nuestras identidades cis (aquellas personas cuya identidad de género se alinea con el sexo que le asignaron al nacer).

 

Con frecuencia le doy esta tarea a los padres de niños trans: “¿Cómo sabes que eres una mujer? (a las mujeres cis). “¿Cómo sabes que eres un hombre?” (a los hombres cis). Siempre les cuesta encontrar respuestas satisfactorias, llegando muchas veces a respuestas que caen por su propio peso, como “sé que soy hombre porque me gustan las mujeres” (algo que se refiere a la orientación sexual, no al género) o “ser mujer es poder tener hijos” (algo que también cae cuando uno le recuerda a las niñas pre-puberes, mujeres post-menopausia e infértiles). La mayoría de las veces terminan diciendo “Tan sólo lo sé.”

Ese es exactamente mi punto. Las personas cis tienen una relación particular con su identidad, con su género, en la cual las respuestas caen en clichés o sentimientos, y el piso natural en el cual quieren que se sostenga se derrumba en convenciones.

 

Así, todos tenemos que lidiar con el tema del género, con la relación con nuestro cuerpo y la sociedad. Como Gherovici afirma en su libro, “lidiar con la diferencia sexual, que involucra pero no se limita a asumir la orientación sexual y género, es un problema para todos” (2017, p.30).

 

El psicoanálisis, si desea permanecer fiel a sí mismo y se abstiene de entrar en el discurso de psiquiátrico de normalizar o patologizar, puede ser una herramienta útil para explorar la forma en que todos lidiamos con nuestra identidad, en este caso nuestro género, como Patricia Elliot, Ph.D. propuso ya en el año 2001, al afirmar que debemos enfrentar “el problema del reduccionismo biológico y sociopolítico, y la necesidad de analizar, no patologizar o normalizar, proceso psicosexuales complejos” (2001, p.295).

 

Después de todo, Freud (1915/1946) explicó con su concepto de pulsión cómo la relación con nuestro cuerpo está mediada por la forma en que lo representamos en nuestras mentes, algo que no es solo apoyado por el trabajo realizado por Lacan sobre el registro simbólico y sus significantes, sino también por la neurociencia actual, por ejemplo en Damasio (2010) con su concepto de mapas y cómo aquello que sucede en nuestros cerebros y el mundo externo “se experiencia como imágenes en nuestras mentes” (p.19). Esta es una de las razones por las cuales Freud no hablaba de instinto, cuyo objeto es único y determinado por la naturaleza, sino de pulsión [Trieb] en la cual es objeto no es fijo y que como concepto no es ni psicológico ni fisiológico, sino un puente entre ellos. No somos mentes y no somos cuerpos, sino una unidad mente/cuerpo.

 

Si cómo nos sentimos a nosotros mismos, cómo nos vemos a nosotros mismos, no es un fenómeno natural sino algo que debe pasar a través del molino de las palabras [moulin à paroles] (Lacan, 1957/1998) o representado en palabras [Wortvorstellung] (Freud, 1915/1946) para ser un contenido en nuestras mentes conscientes, entonces esperar que el género o cualquier parte de nuestra identidad sea un mero resultado de diferencias anatómicas es ingenuo o simplemente falso.

 

Freud creía que los mecanismos de la creación poética son los mismos de las fantasías histéricas, “una defensa poética” (Masson, 1985). Yo expandiría esta idea para considerar también nuestra identidad como una creación: la biología y la sociedad nos dan partes que ensamblamos como un poeta —consciente e inconscientemente— volviéndonos nosotros mismos una obra de arte.

Como Gherovici sabiamente sostiene, “cuando un analista recibe en su consulta a un analizante que se identifica como transgénero, el analista tiene la oportunidad de repetir el gesto de Freud cuando se encontró con sus primeros pacientes histéricos. Mientras Charcot los reducía a objetos a ser desplegados en el anfiteatro de la Salpêtrière’s, Freud restauró su dignidad al escucharlos. Sigamos a Freud y escuchemos a los pacientes trans en la pluralidad de sus presentaciones.” (2017, p.79). Su creación no sólo merece tanto respeto como cualquier otra identidad ensamblada por las personas cis, sino que somos privilegiados en escuchar a una creación que “intenta transcender las limitaciones sociales y la ideología de la normatividad social” (p.79).

 

En síntesis, la identidad, es decir quién creemos que somos, es algo que construimos nosotros mismos —consciente e inconscientemente. Los estímulos que provienen de nuestro propio cuerpo y del mundo son ambos mediados de la misma manera, a través de cómo los representamos en nuestras mentes. Esta mediación depende fuertemente del mundo simbólico que habitamos, las palabras y significados que nuestras sociedades nos entregan, por lo que no hay nada natural ni inmediato sobre ella. La identidad, como cualquier otra representación que tenemos, incluso si es acerca de nosotros mismos, está mediada y socialmente construida.

¿Por qué esto es relevante? Porque una vez que entendemos que nuestra identidad, incluyendo nuestra identidad genero, es un constructo y no algo dado, podemos centrarnos en el lado pragmático de ello, en cómo darle el mejor uso que podemos. Una vez que comprendemos que las identidades cis son tan artificiales y construidas como las identidades trans, si es que somos honestos en nuestra comprensión, se hace imposible más discriminación, al menos basada en la falsa creencia de que una identidad de género es natural y la otra una distorsión o, aún peor, una enfermedad mental.

En vez de decir que la pintura tradicional es arte y lo abstracto no lo es, podemos aceptar que ambas son formas de representar algo, ambas formas válidas de arte. Lo que le falta a esta analogía, sin embargo, es dejar en claro que cuando hablamos de identidades de género, no validar las identidades trans no es sólo un tema de opinión, sino algo que puede tener consecuencias letales.

Referencias

 

Bauer, G., Scheim, A., Pyne, J., Travers, R., Hammond, R. (2015). Intervenable factors associated with suicide risk in transgender persons: a respondent driven sampling study in Ontario, Canada. BMC Public Health, 515:525.

 

Damasio, A. (2010). Self comes to mind: Constructing the conscious brain. New York: Pantheon/Random House.

 

Elliot, P. (2001). A Psychoanalytic Reading of Transsexual Embodiment. Studies in Gender and Sexuality, 2(4), 295–325.

 

Freud, S. (1915/1946). Triebe und Triebschicksale. In A. Freud, E. Bibring, W. Hoffer, E. Kris, & O. Isakower, in collaboration with M. Bonaparte (Eds.), Gesammelte Werke, Chronologisch Geordnet (Book X, pp. 210–232). London: Imago.

 

Ghoreci, P. (2017). Transgender Psychoanalysis. New York: Routledge.

 

Lacan, J. (1957/1998). Le Séminaire. Les formations de l'inconscient. France: Seuil.

 

Masson, J. (1985). The Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhelm Fliess, 1887–1904. Translated and edited by Jeffrey Moussaieff Masson. Cambridge, Mass./London: The Belknap Press of Harvard University Press.

Robles, R., Fresán, A., Vega-Ramírez, H., Cruz-Islas, J., Rodríguez-Pérez, V., Domínguez-Martínez, T., & Reed, G. M. (2016). Removing transgender identity from the classification of mental disorders: a Mexican field study for ICD-11. The Lancet Psychiatry, 3(9), 850–859.

*Todas las citas fueron traducidas al español por mí.

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Jorge Silva Rodighiero

PSICÓLOGO

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