Acepta la Diferencia

 

Te levantas como todos los días, recordando hacerlo con el pie izquierdo. Ya en el desayuno casi se arruina el día. Tus papás fruncen el ceño cuando tomas tu tazón con la mano derecha, pero sonríes como si fuera broma y lo tomas con la izquierda, como sabes que debes hacerlo. Por suerte los tazones son fáciles de tomar con cualquier mano.

Partes al paradero y ves que el bus está a punto de partir, así que corres y con la preocupación de quedarte abajo aleteas con tu brazo derecho para que el chofer te espere. Una vez, dos veces, hasta que te das cuenta de lo que estás haciendo y lo bajas y levantas el izquierdo. Abre la puerta y te mira con desprecio: “Por un momento pensé que eras diestro.” Sientes un nudo en la garganta. No se les permite a los diestros tomar buses normales. “No caballero, no lo soy.” El chofer cierra la puerta y sigue con su recorrido.

Tus papás lograron meterte en un colegio normal, y no uno con los niños especiales. Tuvieron que contratar a alguien que te obligara a escribir con la mano izquierda desde chico, aunque fuera difícil y tu letra nunca mejorara. Un dulce por cada página escrita con la mano izquierda, nada si tomabas el lápiz con la derecha. Bueno, no nada… sino una mirada de desaprobación que duele hasta hoy.

Tus notas en arte siempre han sido pésimas, porque te es imposible dibujar o pintar con la mano izquierda; al menos aprendiste a sostener bien el pincel. En gimnasia… tan solo haces el ridículo, tratando de pegarle a la pelota con la izquierda siempre es un espectáculo lastimero. Lo mismo te pasa cuando tratas de jugar pimpón o tenis con la izquierda… todo excepto correr provoca risas en tus compañeros, risas que no intentan ocultar.

 

“Nunca entrarás a la Universidad con esas notas”, tus padres te dicen con frecuencia. Demasiada frecuencia. “¡Pero si pudiese hacer esas cosas con la mano derecha me iría mejor!” Tus papás niegan con la cabeza, sus caras poniéndose rojas. “La gente normal las hace con la izquierda. ¿No eres normal acaso? ¿Quieres ser diestro?”

En el colegio a veces vez a otros niños que también les cuesta escribir o hacer deporte, y te preguntas si son diestros. Siempre tienes ganas de preguntarle, pero tendrían que decir que no, ya que en el colegio no se permiten diestros. Sólo gente normal era su lema no escrito.

“Son agresivos, ¿saben? Los diestros,” dijo la profesora de Ciencias un día. “Mi primo es diestro y no es agresivo,” respondió una niña, su voz casi un susurro. “Bueno,” siguió la profesora con una sonrisa “la excepción hace la regla. Pero sí son más agresivos que la gente normal. Es por eso que no podemos aceptarlos en nuestro colegio.”

 

“¿Te acuerdas de Tomás?” preguntó tu mamá cuando le contaste sobre eso. “Le tiró las tijeras a la profesora en primero básico.” Recuerdas perfectamente a Tomás y sabes todo acerca de las tijeras. “Pero él no podía usarlas bien porque no es zurdo, por eso se enojó. ¿Por qué no podían simplemente darle tijeras para la otra mano?” Tu mamá deja la bandeja en la mesa y te mira a los ojos. “Porque entonces tendríamos que hacer lápices para diestros, tazones para diestros, autos para diestros… ellos tienen que acomodarse a nuestro mundo, no al revés.”

Un día sales con alguien, por primera vez, y estás tan nervioso porque no quieres echarlo a perder. No sólo porque sea compañera de curso, sino porque de verdad te gusta. Te concentras en tomar el vaso con la izquierda, en usar los cubiertos correctamente, en no dejarle ver que eres un diestro, centrándote tanto en todo eso que te cuesta estar atento a la conversación.

“¿Crees que existe un mundo donde la mayoría de la gente ocupa su mano derecha, y son los zurdos los anormales?” te pregunta, mientras juega con su pelo con su mano derecha. Te das cuenta de eso, pero te da miedo preguntar.

 

“No lo sé, pero me gusta imaginarme un mundo donde no importa qué mano uses.”

Este breve relato se basa en mi experiencia con el dolor de las personas autistas o con otra neurodiversidad, un dolor y frustración con un mundo que los obliga a esconder quiénes son, y que sin necesidad los margina de nuestra sociedad en vez de crear un espacio donde ellos también puedan ser felices.

Después de más de diez años de atender a pacientes autistas, adolescentes y adultos que vienen por distintas temáticas a consultar, puedo decir honestamente que me siento afortunado de conocerlos y de poder percibir otro mundo a través de ellos.

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Jorge Silva Rodighiero

PSICÓLOGO

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